Este es uno de los retos de la nueva economía que se viene. Sin dudas, los negocios ya no son sólo número. Los empresarios y sus empleados empiezan a comprometerse con el medioambiente y la sociedad toda.
Desde hace algunos años, a las empresas no les basta con maximizar beneficios. Igualmente, es necesario tener un comportamiento social y medioambiental adecuado. A las estrategias puramente económicas se han sumado actuaciones más comprometidas por parte de las mismas que afectan al conjunto de la humanidad. Entre ellas, las relativas a las condiciones laborales, la igualdad de género, el respeto de los derechos humanos y, sobre todo, la conservación del medio natural. Estos valores, actualmente, son considerados parte de la nueva “responsabilidad social empresarial”.
Este análisis ético-ecológico de la actividad empresarial no es nuevo. Es tan antiguo como la preocupación del hombre de negocios de ajustar sus actividades a los códigos éticos imperantes en cada momento de la historia aunque, como señala el profesor Ramón Tamames, si hay un valor ético como valor general de la humanidad, éste sería el ecológico, entendido como el de la preservación de los valores de la naturaleza y el de la biósfera en general.
Hoy en día es habitual que las compañías cambien sus estrategias empresariales y busquen dar un giro en su gestión hacia un modelo responsable, que contribuya al crecimiento económico, les permita aumentar la competitividad, pero protegiendo también el medio ambiente y fomentando la responsabilidad social, incluidos los intereses de los consumidores. Es lo que, dentro del mundo empresarial, se ha acuñado como el modelo de la “línea de triple fondo”. Ello implica el desarrollo por parte de los empresarios de modelos de crecimiento sostenible, con una visión a largo plazo, en el que sus objetivos prioritarios sean los asuntos sociales y medioambientales, creando así negocios o empresas sostenibles que respetan los principios de lo que se conoce como Responsabilidad Social Corporativa (RSC).
Si nos remontamos a la historia más reciente en este sentido, quizá haya que marcar como punto de referencia la celebración de la Conferencia de Río de Janeiro, en 1992, y la publicación del informe preparado por el Consejo Empresarial para el Desarrollo Sostenible “Cambiando el rumbo” (Changing the Course) que tuvo un gran impacto en numerosas empresas al enfatizar, por un lado, la importancia de la actitud empresarial hacia la consecución del desarrollo sostenible y, por otro, al promover la gestión medioambiental no sólo por interés propio sino por el impacto de esta práctica en la sostenibilidad a largo plazo. En este foro se definió la Responsabilidad Ambiental de las empresas como “el manejo responsable y ético de los productos y los procesos con respecto a la salud, la seguridad y los aspectos ambientales. Para llegar a este fin, las empresas y las industrias deben incrementar su autorregulación, guiada por códigos, leyes e iniciativas adecuadas en las que se integren todos los elementos del planeamiento de las empresas y la toma de decisiones, además de una apertura y un diálogo con los empleados y el público en general”.
La Cumbre Mundial para el Desarrollo Sostenible del año 2002, planteó de nuevo estas cuestiones celebrándose, por iniciativa de Acción Empresarial para el Desarrollo Sostenible, el “Día de las Empresas” en el que se discutió sobre la implicación de las mismas en la sostenibilidad. En relación a ello, las dos posturas defendidas giraron en torno a la posibilidad de establecer normas respaldadas gubernamentalmente, o bien a través de compromisos voluntarios como la adhesión al Pacto Mundial o Global Compact de Naciones Unidas que invita al empresariado a participar, junto a las agencias de Naciones Unidas, los trabajadores y la sociedad civil en el respeto de diez principios en las áreas de los derechos humanos, el trabajo, el medio ambiente y la corrupción. De nuevo, en la Conferencia de Río +20, celebrada en 2012, se insiste en este último propósito y se enfatiza la importancia de presentar por parte de las empresas informes de sostenibilidad empresarial, práctica que ya es habitual en el 95% de las 250 compañías más grandes del mundo, tal y como señala el último informe sobre responsabilidad corporativa publicado por KPMG.