En la ciudad de Rosario, en estos días, asistimos a un grave hecho social, político y cultural: el asesinato de un joven de 18 años en manos de un grupo de vecinos del Barrio Azcuénaga, muerto a golpes, luego de que el mismo intentara robarle la cartera a una mujer que caminaba junto a su hija.
¿Qué nos atraviesa como sociedad para asesinar a golpes a un joven? ¿Qué significa que una comunidad mate a plena luz del día a alguien que intenta robar una cartera? ¿Quiénes somos y en que nos hemos convertido, para volver a la práctica medieval de la “justicia por mano propia”?
Estos sucesos deben pensarse y reflexionarse a la luz del contexto que nos habita y que construye un sentido común, fogoneado, sostenido y cristalizado por los medios de comunicación y por los poderes hegemónicos. Estos poderes se han lanzado a una construcción política y simbólica contraria a ese enunciado realizado por la Presidenta Cristina Fernández, “La patria es el Otro”.
Ese enunciado, que encierra una concepción humanista, política y cultural sobre quién es ese Otro, cómo construimos su imagen, y cómo construimos nuestra propia identidad, recibió por parte de la hegemonía una construcción de sentidos que bien podría sintetizarse en que el Otro soy yo.
Un enunciado, enraizado en las tradiciones humanistas, libertarias, políticas y comunitarias de nuestra América del Sur, centra su concepto en un fuerte contenido político sobre la política: la patria llegará a construirse totalmente cuando ese Otro, alejado territorialmente, discriminado institucionalmente, negado históricamente, encuentre su lugar a partir de la igualdad de oportunidades, de la justicia social, y su existencia no tenga que ser el destino que le impuso el mercado y el descarnado funcionamiento del capital financiero. La Patria es el Otro, se inscribe en la dialéctica más profunda en dónde con ese Otro no practico un acto de negación, sino que con él llego a construir un Otro cultural basado en la diferencia. Una patria que debe, necesariamente, pensar al Estado como un igualador social, retomando el concepto evitista de “La patria es mi barrio”, y que “esto no se termina siempre que haya un solo pobre”.
Por otro lado, la construcción hegemónica apela a una de las herramientas más eficaces de las que se han valido muchos “políticos” en nuestra reciente América del Sur: el marketing político. La concepción central de esta corriente economicista, es que quien decide el lugar de ese Otro es el mercado, las leyes que rigen la sociedad y que cada quién decide su posición en la estructura social o de clase. De ésta manera, éstas posiciones políticas retoman los viejos legados de “la supervivencia del más apto”. Concepciones decoradas por los colores del marketing, por la vuelta a un sentido común donde se mezclan los discursos de víctimas con el de funcionarios y legisladores, donde la lógica televisiva dirige el profundo debate que debería existir en torno a la pregunta por el Otro.
Esta concepción marketinera encarnada ahora por Sergio Massa, construye su eficacia en decir lo que la gente quiere escuchar, bajo el peligro de olvidar que los responsables políticos deben decirle a la gente no lo quiere escuchar, sino cómo deben funcionar las instituciones para que la vida en comunidad sea lo más pacifica posible y atenúe la violencia, inmanente a toda cultura.
La posición del ¿Frente Renovador?, -(quizá la respuesta es que viene a renovar un Estado interventor por uno liberal)-, es aprovechar toda problemática social, política y cultural con clichés vacíos y frases hechas por publicistas. También muestra una forma de ejercer el ejercicio público donde no se proponen soluciones, sino que se aprovechan situaciones para posicionamientos mediáticos.
Ejemplo de esto fue el brutal acecho de Massa hacia el anteproyecto de reforma del Código Penal, redactado por prestigiosos juristas, con representación de todas las fuerzas políticas, acechando un orden institucional jurídico sin otra herramienta que la comunicación masiva hegemónica. A partir de dichos aberrantes como “todos los delincuentes van a quedar libres”, ó “van a abrir las puertas de las cárceles” realizó un eficaz discurso para la sociedad azotada por la palabra “inseguridad”, pero no eficiente para la resolución de conflictos.
Éstas son las dos tradiciones que construyen sentido común en la sociedad que habitamos, y que generan contextos por los que una cultura establece los parámetros del bien, el mal, la vida y la muerte, lo justo y lo injusto. Éste es el contexto en que sucede un atroz asesinato, donde la víctima en los medios, nunca aparece como tal.
A este contexto nacional se suma uno provincial en donde la Ciudad de Rosario está sumida en una crisis institucional y política de extrema gravedad. Con el flagelo de la violencia y el narcotráfico de escenario local, acciones como la ocurrida con el asesinato de David Moreyra, deben hacer reflexionar al poder político provincial sobre la necesidad de una rápida transformación de las fuerzas de seguridad. Al poder político municipal de la acuciante necesidad de volver a prestar real asistencia en los barrios de la periferia.
Que los ciudadanos no crean en las herramientas del Estado para resolver los conflictos es también un contexto peligroso que lleva a la justicia por mano propia. Ante ésta gravedad, necesitamos funcionarios que se posicionen como deben, éticamente, y no como las circunstancias lo ameritarían para un aprovechamiento político.
El diputado Eduardo Toniolli, titular de la Comisión de Derechos y Garantías fue muy claro al respecto; se mostró preocupado ante los “planteos masivos de hacer justicia por mano propia”. Y dijo: “Más me preocupa cuando termina en boca de algún comunicador o de alguien con responsabilidad social más grande. Esto no implica defender a alguien que ha cometido un delito. Esa persona tendrá que afrontar su responsabilidad y el Estado debe hacerse cargo de esa situación. Cuando un delito de éstas características se produce en Rosario, tiene que ver con un contexto social y un montón de factores. También tenemos un sistema de justicia que tenemos que mejorar, y fuerzas de seguridad a las que hay que reformar para que podamos llegar a una solución. Sino terminamos en soluciones fáciles de estas características. En el sálvese quien pueda se generan estos enfrentamientos donde alguien que robó muere bajo una turba o donde un vecino muere por intentar meterse a policía. Así entraremos en una espiral ascendente que no parará más”.
Por último, deberíamos preguntarnos a nos-otros mismos, qué responsabilidades tenemos en que una cartera valga una vida, en que un derecho sea pensado como subsidio, en que la inversión del Estado sea vista como gasto. Qué responsabilidad tenemos cuando pensamos al Otro, o sólo volvemos sobre el Yo individual.
(*) El autor es antropólogo y coordinador de la Secretaría de Niñez y Juventud de la Fundación Igualar.