Ni Repsol, ni YPF: Neste Oil. Hace una década era el futuro y hoy está en peligro de extinción. La producción de biodiésel argentino recibió un duro golpe por las trabas proteccionistas de Europa.
Cuando se repasan los argumentos que llevaron a la Unión Europea (UE) a bloquear el ingreso de biodiesel argentino por supuestas maniobras de dumping -una acusación de venta a precio menor del costo muy difícil de sostener contra empresas instalados en un país que cobra impuestos por exportar- todo indica que se trataría de una represalia pedida por España contra la Argentina por la nacionalización de la petrolera YPF en desmedro de la ibérica Repsol.
Pero atrás de este diferendo político hay un conflicto de más largo alcance y tiene que ver con cómo el viejo continente no quiere desprenderse del negocio del biocombustible. Y para la compulsa recurre a una estrategia de su clásico arsenal de política económica: protección industrial.
La primera pista hay que buscarla en la petrolera Neste Oil. Se trata de la YPF de Finlandia, con control accionario estatal. Creada a finales de la década del 40, y como fiel testigo de su época, tuvo el monopolio petrolero dentro del país hasta 1990, un control del mercado que incluía la infraestructura de transporte y las estaciones de servicio.
Con la primavera liberal, siguió la receta al pie de la letra: diversificó negocios (incursionando, por ejemplo, petroquímicos y plásticos), incorporó socios extranjeros para distintos fábricas –como a OMV (la principal petrolera de Europa central con base en Austria) y a Ipic (fondo de inversión del Emirato de Abu Dabi)– llegando a convertirse en la actualidad en un holding que en 2010 tuvo ganancias por 300 millones de euros.
El tema es que esta finlandesa anunciaba hace un año la construcción de la planta de biodiesel más grande del mundo en el puerto de Rotterdam. El anuncio fue apenas unos días después de que Europa iniciara el primer capítulo de la zaga proteccionista poniéndole barreras para-arancelarias al biodiesel argentino acusándolo de estar subsidiado. La ubicación elegida en Holanda no era casual. Allí llega el aceite desde distintos orígenes, entre ellos el argentino, para refinar.
Ahora, el mes pasado, justo cuando se terminó de caer la denuncia por subsidios -también difícil de sostener porque en el país se cobran retenciones- la UE anuncia que aplicará una aumento de aranceles, esta vez por dumping.
Y justo al mismo tiempo en que esa noticia llegaba a la Argentina, en el puerto de Rotterdam -uno de las más grandes puertas de ingreso a la Unión Europea- la YPF de Finlandia cortaba cintas y empezaba a elaborar biodiesel.
Según el cálculo más optimista que hacen en la Cámara Argentina de Biocombustibles (Carbio), recién para 2016 la Argentina -recurriendo a todos los foros y tribunales multilaterales como la Organización Mundial del Comercio (OMC)- podrá dejar sin efecto el aumento de aranceles que hoy lo deja fuera de competencia en Europa.
El caso de Neste Oil es tal vez el más importante por las dimensiones. Pero en torno a la zona norte de Europa, con Bélgica y Holanda a la cabeza, se empezó a desarrollar una moderna industria de combustibles verdes, un tema que tanta adhesión genera en la opinión pública europea. Además, ya hay fábricas españolas de biodiesel (el país ibérico era junto con Alemania el principal destino del producto argentino) que encararon un proceso de reconversión ya que frente a los tanques argentinos quedaba fuera de precio y aún en la actualidad ofrecen precios más caros para el consumidor europeo que importarlo desde América del sur.
Y tener el mercado interno protegido al menos hasta 2016 le da a todo el tejido fabril europeo el tiempo suficiente para recuperar el espacio que estaban perdiendo frente a las competitiva agroindustria argentina. La nacionalización de YPF, que por los montos involucrados seguro genera ambiente para represalias, vino entonces como anillo al dedo para que, al menos discursivamente en foros internacionales, no pase a primer plano la matriz proteccionista de la decisión, siempre tan criticada en occidente pero nunca descuidada en sus políticas.
En definitiva, Europa termina replicando la receta que repite casi desde la revolución industrial cuando luego de un fuerte proteccionismo que le permitió a las fábricas inglesas consolidarse en el mercado interno salieron a comercializar al mundo con la bandera de la libertad de comercio.
El capítulo argentino
El golpe en octubre que provino del exterior no hizo más que complicar seriamente a un sector que ya arrastraba un año de complicaciones desde que el gobierno subió las retenciones y bajó los precios internos, para darle una mano a los costos de las petroleras, sobre todo YPF, que tiene que cortar las naftas con el 7% de biodiesel.
Con el cerrojo exportador, Argentina pierde -según cálculos de Carbio- un ingreso en dólares de dos mil millones al año. Con respecto al año pasado, las exportaciones cayeron 70% y la capacidad ociosa supera el 40%. El frenazo es muy fuerte para un sector que cosechó desde 2006, cuando empezó a operar la primera planta industrial grande (Renova, en San Lorenzo), inversiones por más de 1,000 millones de dólares.
Y no sólo eso: junto a las grandes empresas se formó un tejido de empresas pymes modernas que abastecen al mercado interno, que quedaron al borde del cierre cuando el gobierno les bajó el precio, pero que revivieron cuando a principios de 2013 les volvieron a mejorar los precios. Pero esa mejora sólo fue para las pymes y las grandes casi no tienen cupo para vender a petroleras.
Precisamente, tanto grandes como chicas empresas sostienen que la alternativa más viable que tiene el gobierno para enfrentar el cierre del mercado europeo es aumentar el consumo interno permitiéndoles subir del 8 por ciento actual al 10 por ciento el corte obligatorio con biodiesel que tienen que hacer las petroleras, un aumento que no demanda actualizaciones en los autos.
Pero otro fuente alternativa, y sin costo fiscal, es también aclarar en la normativa impositiva que las generadoras eléctricas puedan comprar biodiesel en reemplazo de gasoil importado para alimentar su producción.
En la actualidad, el biocombustible argentino paga impuestos por 42% mientras que le gasoil importado no, una diferencia fiscal que lo corre afuera de la competencia por la demanda de las energéticas.
Según Carbio, aclarar que no hay que pagar ese impuesto (que es el temor que tienen las eléctricas) o generaría una demanda extra de 400 mil toneladas al año de bio que permitiría que grandes como chicas puedan tener un mercado extra que atender.
La propuesta, dicen, cierra por todos lados: el gobierno se ahorra los dólares que necesita para importar gasoil para las usinas térmicas, una de las fuentes principales del drenaje que llevó al cepo cambiario, y que encima es de mala calidad, al tiempo que sin costo fiscal aumenta la demanda para el sector, con mucha injerencia en las economías regionales. Y casi como broche de oro glamoroso: lo hace impulsando una industria de escaso impacto ambiental.
Ahora, ¿por qué el gobierno nacional no lo hace si tiene todo a mano a cero costo? En círculos empresarios del sector alientan la versión de que hacerlo sería pisar los callos al prominente negocio de la importación de gasoil, sobre todo de Venezuela. Un negocio que se hace en dólares, billetes verdes que se terminan depositando en buena parte afuera y que no tienen cepo cambiario alguno para obtenerlos. Dólares que se pueden comprar a precio oficial de manera libre para las importaciones. Dólares que, al menos una parte, luego se pueden traer al país y cambiarse al precio paralelo, un 70% más caro que el oficial. Un negocio muy tentador como para cerrarlo.
Fuente: Cruz del Sur / Por Mariano Galíndez / Imágenes: blcleathertech.com y lohago.com
