Enseñar y aprender en la era digital

A menudo, solemos escuchar acerca de la vertiginosidad de los cambios en el mundo de hoy provocados por la tecnología que se ha instalado en la sociedad. Sin lugar a dudas esto repercute en instituciones, creencias y actitudes, y la escuela no escapa a ello. Las nuevas pantallas tensionan y ponen en cuestión el saber en la escuela y la revolución digital obliga, o debería hacerlo, a revisar los contenidos escolares.

 

Durante muchos años se ha entendido la alfabetización desde una perspectiva estricta, como un conjunto de destrezas y saberes: la alfabetización mecánica (correspondencia sonido-letra, capacidad de oralizar un escrito) en conjunto con la alfabetización funcional (comprender un texto o distinguir ideas principales). Sin embargo, en las últimas décadas, se ha añadido una dimensión social y plural, la práctica de lectoescritura se desarrolla en una comunidad concreta, entre interlocutores que comparten una misma cultura, con una lengua y unas formas expresivas que son producto histórico. A esta visión que cambia el paradigma de la lectoescritura en la escuela, se le suma la alfabetización digital, relacionada con la inclusión de la tecnología en el aula.

 

La revolución digital de nuestro presente modifica no sólo los soportes de la escritura, sino también la técnica de su reproducción y diseminación, y las maneras de leer. A lo largo de los siglos, hemos pasado de sucesivas tecnologías escritas: piedra, papiro, manuscrito, libro impreso a otras digitales, tales como libro electrónico o e-book. Estos nuevos soportes permiten superar la linealidad del texto escrito, dando lugar a la hipertextualidad; es decir, a la nueva concepción de texto en la que se asocian citas, referencias o notas. Burbules (1998) critica la noción ingenua de vínculo intertextual como conexión simple entre sitios. Este autor sugiere que los vínculos son activos en el hipertexto y pueden crear significado. Un vínculo entre dos sitios crea un itinerario nuevo de lectura y contextualiza cada sitio con los sitios a los que se vincula, puesto que muchos lectores accederán a él a partir de los sitios enlazados que el lector visita previamente. Dichos vínculos muestran también la orientación argumentativa del hipertexto: ¿por qué hizo este vínculo el autor y no otro?

 

Por tanto, el escrito se convierte en un objeto comunicativo más abierto, que admite actualizaciones continuadas, más versátil, que permite diversidad de itinerarios, más interconectado, relacionado con el resto de recursos enciclopédicos de la red y más significativas, ya que multiplica sus posibilidades interpretativas. En este sentido, Cassany (2000) entiende a la cultura escrita digital como un conjunto de prácticas dinámicas que cambian al mismo ritmo acelerado que evolucionan las tecnologías que las posibilitan. Hoy por hoy, la lectura frente a la pantalla es una lectura discontinua, segmentada, atada al fragmento más que a la totalidad. Y cabe aún esperar notables cambios en el futuro, cuando se diseminen nuevas tecnologías: reconocimiento y síntesis de voz, formas de chat multimedia, entre otros. La ventaja de Internet es que facilita el surgimiento de comunidades sociales particulares, que rompen el tradicional aislamiento monocultural. Surgen géneros discursivos nuevos, un nuevo orden escrito emerge al ritmo que se impone lo digital. Esto logra que el soporte digital favorezca la creación de comunidades o tribus virtuales, es decir, personas que comparten rasgos particulares y que se conectan e interactúan como grupo a través del entorno digital, a diferencia del mundo presencial, donde las comunidades suelen coincidir con límites políticos (ciudad, provincia, nación o estado) y lingüísticos (idioma, dialecto) conformando las conocidas comunidades de habla. Por tanto, las distintas aplicaciones informáticas inciden de modo sustancial en la tarea de escribir. Nadie duda hoy de que, con procesador de texto o verificador ortográfico, entre otros, un autor consigue escritos mejores y más elaborados con menos esfuerzo y tiempo.

 

Ahora bien, mientras en la escuela sigamos trabajando cada materia durante una hora, cambiando de profesor o de aula constantemente en tiempos breves (a las nueve, matemática; a las diez, lengua, a las once, ciencias), no podremos pensar en trabajar por proyectos desde un planteamiento global, en el marco de un aprendizaje colaborativo.

 

Una propuesta para la promoción de proyectos educativos y acciones que integren las TIC en educación y que superen la reproducción de contenidos, es identificar grupos de docentes con trabajos encaminados y dotarlos de equipos y conexión libre a Internet o fomentar proyectos aportando capacitación didáctica, soporte anímico y socializador a las maestras y maestros para que los planifiquen, los elaboren y los lleven a cabo.

 

Por tanto, el desafío más grande es erradicar la idea de que las tecnologías harán todo el trabajo por uno, y plantearlas mejor aún como un recurso que puede ser desplegado, de manera que transforme la cultura de aprendizaje escolar.

 

 

(*) Carina Cabo es doctoranda y profesora en Ciencias de la Educación. Profesora en Filosofía, Psicología y Pedagogía. Diplomada y especialista en Gestión Educativa. Esta es su segunda colaboración en Info341.com Para conocer más sobre su trabajo: www.carinacabo.com.ar

 

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