Lecturas poéticas locales calientan motores para el FIPR

Tres poetas reconocidos de la ciudad se presentan hoy a las 21 horas en un bar cultural para leer en vivo sus producciones como antesala del Festival Internacional de Poesía de Rosario (FIPR).

 

Los artistas que se dan cita esta noche son Fabricio Simeoni, Beatriz Vignoli y Guillermo Bacchini, tres plumas afiladas de la producción local, que se reúnen en lo que dieron a llamar La previa del Festival. El lugar de encuentro es Espiria, un restobar de reciente aparición en la ciudad que se hace un lugar en la cultura rosarina con diversas actividades y talleres. Se reservan lugares por vía telefónica, y el derecho de espectáculo es gratuito.

 

Morir, soñar, morir de algo que nombra (Soliloquio del empresario excéntrico), de Beatriz Vignoli.

 

¡Morir, soñar! ¡Morir de algo que nombra!

¡Morir doscientos! ¡Morir de media sombra!

¡Morir de algo que nombra el claroscuro!

¡Yo que hice todo para que la noche

fuese una masa de eternidad bendita!

Media sombra me nombra: mi yo ignífugo.

Omar Emir Amor: prófugo ignífugo,

Pan de poliuretano en las alturas.

¡Yo, que fundé el desierto!

¡Yo que oí, como Juana,

voces antes del fuego!

Yo interpreté el susurro de la seda

que sólo a mí me hablaba.

En mis manos, las rutas de la seda,

las rutas de la nada.

Nací para la música del tiempo

y hoy soy la nube negra:

Omar Emir, poeta y asesino.

Aduzco mi inocencia.

¿Por qué me toca ser zombi de los días

a mí, el efebo de la noche clara?

¡Yo fui el abismo azul, Su Señoría!

¡Yo, ellos, mis estrellas de chatarra!

¡Con hilos de coser hilé su gloria!

¡En mi emirato de tafeta me sentaba

con mi manto de colas de ratón!

Les avisé. ¿Por qué no me escucharon?

Un monje fui en mi celda de autoflagelación.

Yo los amaba con mi alma ignífuga:

un átomo de sed, dos de carbono.

Pasto del Mal, yo los rescato en sueños.

En mis sueños los cargo en mis espaldas,

corderos del adiós. Yo los quería.

Un reino les creé, de plastilina.

Ardió. No tiene nombre. Lo tenía.

Yo los llevé al no ser. No los maté:

los amplié, los cerré. Los transportaba.

Soy San Cristóbal de lo que ya no vive,

de lo santificado por la muerte;

vadeé el infierno, créame. En mis sueños

yo los quería. Yo forjé la materia

de su martirio. Lo supe. Lo lamento.

Me yergo como un Cid, muerto en el trono

y a la melancolía del cianuro

Su Señoría, no me la perdono.

 

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I

Para que ella siga sacando llaves como espejos, algo de la anatomía de las cosas abiertas tuvo que cerrase. Y pensó espiralando la forma que determina que más que cosas como espejos sacaba almendras como palabras de todas las partes que dejaba entrever su sexo por un orificio en la carne, a través de la carne que se espirala como el pensamiento aunque no piense ni saque nada. Camina con la cabeza gacha sintiendo la presencia de todas las llaves que lleva adentro y no pudo sacar porque no hubo evento en la piel que lo permita, ni agua en la boca que la desborde. El fuego había trepado al cuarto círculo y era lo mismo decir que le había cercado la nuez. Ella sabía que debía escupirla como sea, soportando la inanición del silencio de los techos. Y cuantas cosas abiertas se nombraron y cuantas cosas cerradas se desnombraron.

 

II

Su efecto mosaico de estaciones pluviales se objeta el método utilizado para sacar. Y uno cree que piensa y uno cree que saca hasta que el fuego harto de circular definitivamente llega a lo estrepitosamente neurálgico.

Llega y saca la última llave con vida que adherida a lo umbilical sale disociada de toda posibilidad de abrir algo que no contenga apertura.

Igual sale y se queda infértil en el pensamiento ahora lineal que las cosas como espejos ahora tienen de ella en tanto y en cuanto deje de seguir cerrando.

 

Fabricio Simeoni

 

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