El fracaso del clásico pone sobre la mesa la crisis que genera la violencia y la responsabilidad que tienen en ella las dirigencias que en realidad no dirigen
La ciudad perdió por goleada. Toda. “Ganaron los violentos”, dijo con pesar el secretario de Gobierno de la Municipalidad, Fernando Asegurado, uno de los pocos que puso algo de racionalidad en las horribles horas del atardecer del domingo. Pero ni siquiera ellos son vencedores en esta historia.
Porque los que atacaron durante varios días sedes sociales y deportivas, los que tuvieron a maltraer durante toda la semana a una policía y una estructura de seguridad incapaces de anticiparse a nada, los que fueron a Pueyrredón y Pellegrini a agredir a los que iban a la cancha, no son en realidad delincuentes de temer, sino apenas unos pibes de clase media que, aunque tengan resuelto lo esencial, están inmersos en una crisis de valores y de sentido tan profunda que sólo encuentran identidad en el amor desenfrenado a una camiseta y el odio a la otra.
Los verdaderos delincuentes hoy están en otra cosa: en los negocios. En el de la droga, que viene sembrando de muertes los barrios de la ciudad. Y también en el del fútbol: para ellos mejor que se jugaran los partidos, pues les daba la oportunidad por cobrar por sus “servicios”, como el cobro de estacionamiento, entre otros.
Pero lo peor es que las dirigencias se dejen manejar por estos sectores a los que el presidente de Rosario Central describió como “talibanes”. Y que ahora, después del bochorno, en lugar de ver cómo aportan a calmar las aguas, sigan en el cálculo por ver cómo pagan el menor costo político posible.
Porque violencia también es mentir. Y en esta historia del clásico frustrado entre Central y Newell’s hay demasiado de ambas cosas.
Fue patético cómo el ministro de Seguridad, Raúl Lamberto, y el presidente de Newell’s, Guillermo Lorente, se adjudicaron uno a otro la decisión de suspender el partido.
Es tan cierto que la dirigencia de Newell’s nunca quiso jugar este clásico, que le generó innumerables cuestionamientos de sus hinchas, como que el operativo de seguridad demostró que no estaba a la altura ante la primera escaramuza y los policías -al ver que uno de ellos había caído herido- se desbocaron al irrumpir en un club donde además de hinchas violentos había familias que sólo disfrutaban del sol del domingo.
¿Y Speciale? Es increíble que haya hablado de “talibanes” justamente él, que acusó al gobernador Antonio Bonfatti de ir a una reunión de gabinete vestido de Newell’s tras el descenso de Central, y que luego de la suspensión del partido alimentó la hoguera con la frase de que en Arroyito había “una fiesta” pero el otro equipo decidió no presentarse.
¿Por qué Lorente no dijo desde un principio que creía que el partido no había que jugarlo? ¿Por qué no hizo público que estaba presionado por los que no querían darle el beneficio de un partido al rival de toda la vida justo cuando está en otra categoría y los que consideraban innegociable que no hubiera público visitante? ¿Por qué nunca repudió con contundencia los hechos violento de los días previos? ¿Y de la gente armada dentro del club no tiene nada que decir?
¿Por qué Speciale no fue sincero también y dijo con todas las letras que él quería sólo público local en los dos partidos con el club del Parque? ¿En serio cree que podía haber “fiesta” con el clima que se había creído y la situación angustiosa que se vivía en cancha de Newell´s?
¿Y Lamberto? ¿Realmente cree que estaban dadas las condiciones para que el plantel de Newell’s llegara al estadio tranquilo, se retirara como si nada hubiera pasado y que en otros puntos de la ciudad la jornada se viviera en paz, cuando esa paz ya se había roto a las cinco de la tarde en un hecho en el que la policía tuvo una cuota de responsabilidad innegable?
Las crisis no son casuales. Y para que las cosas cambien las dirigencias deben estar a la altura.