La respuesta a la pregunta que titula ésta columna es sí. Pero para ello debemos dinamizar la estructura social con un fuerte y continuo movimiento ascendente. ¿Como hacerlo? Incrementando y democratizando la creación de oportunidades: poder conseguir un buen empleo, trabajar por cuenta propia o fundar una empresa deben ser metas alcanzables.
Nuestra población aumenta año tras año. Por lo tanto, la tasa de creación de empresas y empleo debe acompañar este crecimiento. Aún más, debe ir más rápido para poder incluir a todos los ciudadanos que hoy se encuentran al margen del progreso y poder, de esta manera, contribuir a erradicar la pobreza de forma sostenible.
La columna vertebral de este fenómeno social son los emprendedores. Si bien es cierto que parte del nuevo empleo, innovación y riqueza generados provienen de las empresas establecidas, el sector más dinámico y que mayor aporte realiza es el de las nuevas compañías, que evolucionan de pequeñas a medianas, y de medianas a grandes o de alto impacto.
¿De donde salen estas personas que tienen un rol tan relevante? Todos al nacer somos iguales, aunque el talento esta distribuido de forma aleatoria en nuestra sociedad. Lo que produce diferencias, en general luego irremediables, es nuestra alimentación y educación. Solucionando la cuestión alimentaria (todavía una materia pendiente) nos enfocamos en la educación. Y es aquí realmente, en este siglo XXI, en donde se pierde o se gana la batalla de la prosperidad y la igualdad.
Además de lograr una fluida comprensión de texto y un buen manejo de las matemáticas, lo revolucionario será introducir la educación emprendedora desde el nivel inicial. Esta es la semilla que generará un efecto multiplicador virtuoso, al hacer masiva y horizontal la posibilidad de emprender.
Punto de partida
El desafío es grande. De acuerdo con Daniel Arroyo, ex viceministro de Desarrollo Social de la Nación (Las cuatro Argentinas, Editora Patria Grande), los sectores de pobreza estructural más los vulnerables representan aproximadamente el 60% de la población.
Comparto su propuesta de profundizar y escalar algunas políticas sociales (vivienda, ayuda universal, tutores/mentores, microcrédito) para salir más rápidamente de esta situación. En paralelo, ponemos el motor en marcha: educación emprendedora de forma masiva. Para los que están arrancando y para los que están afuera o precariamente en el mundo laboral.
Debemos asegurarnos que en la próxima década todos podamos correr la carrera independientemente de nuestro origen socio-económico o cultural.
De qué se trata
Emprender es una actitud de vida. Es querer mejorar y transformar, al menos, nuestra realidad más cercana. Significa ponerse metas, desarrollar un plan para alcanzarlas y evaluar nuestras necesidades y capacidades para que ello sea factible. A la vez, es el único y genuino mecanismo por el cual se crea valor, empleo y se innova.
Educando desde el nivel inicial, multiplicamos las chances de que todo el talento nativo pueda liberarse. Y naturalmente elevamos las posibilidades de generación de empleo para todos aquellos que decidan no emprender.
Se trata de democratizar el “yo puedo” y en suministrar las herramientas y los conceptos claves que son la base para la producción de prosperidad.
Metas claras
Hemos entrado a una era en la que la capacidad de un pueblo más sus recursos naturales serán los factores decisivos para tener éxito en el concierto global.
Debemos tener metas claras: cantidad de empresas (pequeñas, medianas y de alto impacto) y de nuevos empleos a generar. Políticas públicas acordes a estos objetivos, sustentadas en la mayor generación de recursos públicos por el éxito de las nuevas compañías..
La educación emprendedora es el carril central de esa autopista al desarrollo que debemos construir. Es el camino más inclusivo y justo hacia una sociedad integrada y próspera. Es nuestra obligación comenzar cuanto antes.